En la noche todos los gatos son negros

Febrero 5, 2009 at 4:22 pm (De mina, Relatos y cuentos, Sexo)

gato-negro1Las vacaciones definitivamente dan para todo. Nuevos amigos, bellos destinos, su buen bronceado, amores de verano y una que otra anécdota que queda grabada con fuego en nuestros recuerdos. Y eso me lleva en forma automática a lo que una amiga me contó hace varios años atrás y que quedó como una de las anécdotas clásicas a la que echamos mano cuando queremos morirnos de la risa. Y es que a nadie le puede pasar eso, o sea, pasa, eso es lo peor y en esos momentos ¿a quién le podemos echar la culpa?. Muchos dirán al alcohol, al viento fresco del destino vacacional o a la desinhibida exposición de los cuerpos bronceados y con poca ropa. Pero nuestra teoría es que la responsable es la noche, porque ¡EN LA NOCHE TODOS LOS GATOS SON NEGROS!.

Me explico. Cuenta la leyenda que esta chica que nombraremos con la inicial M fue con sus primos y amigos a la cordillera de un lugar de la zona central. Entre guitarreos varios, bidones con ese vino tóxico al estilo ponche que alguna vez estuvo de moda, pitos varios que iban pasando de mano en mano, cigarros más convencionales por doquier y el puente, ese donde se juntaban todos los jóvenes en la noche después de los chapuzones en el río, mi amiga M detectó a un hombre de edad indefinida que se acercó al grupo a canturrear.

Por esos juegos del destino, porque pucha que es lúdico a veces este destino, el hombre citado se sentó junto a M y compartieron sus babas de la garrafa plástica, los pitos chupeteados y entre miraditas a las estrellas y cantos varios comenzaron un jugueteo-sobajeo que fue “in crescendo” en las letras X. El hombre le regaló un anillo que había encontrado durante la tarde y se lo puso en el dedo en señal de amor a primera vista y la invitó galantemente a su carpa que estaba instalada cerca. M sin pensarlo se incorporó tambaleante producto, seguramente, del efecto del alcohol y la marihuana y se fue con el chico. Pasó lo que tenía que pasar, revolvieron los sacos de dormir, las mochilas y los demás enseres de los habitantes de esa minúscula carpa.

Y al otro día, la cabeza de M estaba mucho más revuelta que su pelo y su ropa, que no estaba en su cuerpo, obviamente. Un brazo con sendos tatuajes rodeaba su cintura y algo ajeno a su dedo sobresalía de él: una bisutería barata en alpaca con una piedra azul. “¡¿Qué mierd…?!” Alcanzó a mencionar mi amiga mientras el hombre tatuado la callaba con un feroz beso en la boca al instante que la saludaba: “¡¡Guenos días, mi lleina!!”… Plop!

“Perdón, pero ¿¿mi lleina??”. Le preguntamos a M cuando nos contó avergonzada de su affaire veraniego. Y sí, tal cual. El hombre era del tipo flaite, chulo o roto, si se entiende, que no sabía hablar ni menos modular bien (o sea, decía “huinsha de la schala”, “entre sosho y sosho y media”, “te oi a hacerte chupete”… y claro, “guenos días mi lleina”). Y no sólo eso, era un chiquillo, un púber, o sea, ¡tenía como 17 años!, mientras que M se empinaba por los 28. “Pero, ¿cómo no le viste la cara de cabro chico que tenía y de paso su condición de flaite?”, le preguntamos espantadas a riesgo de sonar discriminadoras sociales. Y bueno, mi amiga no pudo más que justificarse: “Pucha amigas, es que ¿no saben acaso que en la noche todos los gatos son negros?”…

Así que moraleja: considerando que es verdad que la noche (y peor si la combinamos con alcohol y alucinógenos) tiende a confundir a las féminas haciéndonos cometer cualquier acto que a la mañana siguiente miramos arrepentidas, les pido que tengan cuidado, que no se dejen engañar por cualquier gato porque quien duerme con ellos amanece arañada. Si no lo creen, pregúntenle a M.

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