Mujer soltera busca
Esta es una especie de declaración de principios que debería haber hecho hace mucho tiempo para explicar el título del blog. Y es que justo ahora se me ocurrió porque leí hace poco un artículo que tenía por titular “La soledad a los 30” y trataba de cómo enfrentar la soltería a esa edad y la presión por contraer matrimonio, tener hijos, reloj biológico, bla, bla, bla.
Puede que en algo tengan razón porque efectivamente existen mujeres que sienten que están con el tiempo encima para tener hijos o para encontrar al hombre para casarse pero también hay que reconocer que el ser una mujer de 30 y soltera es un universo mucho más amplio y que habemos muchas (aunque no me atrevo a decir que mayoría) que sentimos que nuestro destino no está sólo en buscar un marido y formar la típica postal de familia feliz.
Porque nadie puede dudar que las mujeres del siglo XXI somos muy diferentes a las de antaño y si antes tener 30 y estar soltera era objeto de burlas al estilo “la está dejando el tren”, “ahí viene la tía solterona” o “anda con el vestido de novia en la cartera”, aludiendo a la mujer con urgencia de encontrar un marido, hoy la cosa ha cambiado.
Las “nuevas treinteañeras” dicen estar soltera a mucha honra y no tienen dentro de sus metas en la vida casarse. En mi caso, no me niego a la posibilidad de que pueda pasar alguna vez pero no es mi prioridad y tampoco imagino que lo haga sólo por presión social o siguiendo convenciones actuales donde no hay matrimonio sin fiesta, vestido blanco al estilo merengue, invitados muchos, torta, ramo y crédito de 8 millones para pagarla. Y jamás lo haría sólo para tener una familia “bien constituida”.
¿Y qué buscan las mujeres solteras? La verdad es que buscamos una infinidad de cosas en esta vida. Una mujer soltera busca estudiar una carrera profesional y luego un buen trabajo donde sea valorada por ello. Por supuesto que ser independiente económicamente, vivir sola, pagarse caprichos que sólo nosotras entendemos, muchos viajes, conocer el mundo –o gran parte de él-, gente diversa y culturas distintas.Tener un círculo social amplio, amigos, conocidos, salir, divertirse, probar cosas nuevas, ver cine, ir a conciertos, disfrutar de buenos libros.
¿Hijos? Algunas también buscarán tenerlo aunque estén solas porque lo pueden mantener. Otras esperarán a estar con el indicado para armar la familia pero otras se irán en contra de la naturaleza y nuevamente de las presiones sociales porque dirán: no quiero hijos. Una opción muy válida aunque muy mal vista incluso por otras mujeres.
Y se busca hombres, por supuesto. Unas tendrán muchos y otras pocos pero sin duda ninguna va a querer quedarse con el primero que se cruza en el camino. Hombres a los que les guste salir, disfrutar de una buena conversación, de una buena cena y compañía. Hombres que nos admiren pero que también sean dignos de nuestra admiración.
Antes las mujeres necesitaban de un hombre que les diera seguridad afectiva y económica. Ahora, nosotras nos podemos valer por sí mismas y buscamos a un compañero, a un cómplice de andanzas y con quien obviamente nos llevemos excelente en la cama. Porque claro, ahora que sabemos lo que está bien, más menos o malo en el sexo, podemos exigir calidad, cantidad y satisfacción sexual garantizada para ambas partes.
Es por eso que muchas mujeres también buscamos sexo casual y no necesariamente amor. Salir una noche, conocer al mejor prospecto y entretenerse un rato. Después de eso, “te vistes y te vas”, ya sea tú estés en la casa de él o él en la tuya. Nada peor que dormir y después compartir la intimidad de una mañana con alguien que ni siquiera conoces. Y obviamente si en el intertanto se encuentra a un hombre de esos que entran en la lista de “para amar”, bien. Porque no hay nada mejor que encontrar a un hombre que sea bueno, fiel, que te haga reir y con gustos similares.
Y bueno, buscando y buscando, siempre se encuentra dicen por ahí. Yo agrego a eso que aunque se encuentre lo buscado, nunca hay que olvidarse de estar alertas y buscar, siempre buscar lo que nos haga felices y mejores mujeres… solteras, ever.
Trátame mal
Ayer mientras caminaba hacia mi casa una mujer venía hablando por teléfono atrás mío. Discutía con su novio y una frase me llamó la atención. Obviamente no sé el contexto del diálogo ni menos qué respondía el hombre al otro lado pero ella le dijo: “tú a mi me tratas muy mal pero yo sigo contigo”.
Y pensé en por qué las mujeres tenemos la “virtud” de andar de masoquistas por la vida, tolerando que un hombre nos trate con la punta del zapato. Y cuando hablo de esto no me refiero al hecho extremo del maltrato físico, sino de esas miles de formas más sutiles que una mujer debe soportar. Puede ser una leve alza en la voz, un comentario pesado, un ninguneo gratuito, un garabato ofensivo… En fin, agresiones al fin y al cabo que una deja pasar una y otra vez.
Ahora, no digo que las mujeres seamos santas palomas y tratemos con pinzas a los hombres pero eso es tema para otro post. La pregunta es por qué aguantamos malos tratos. Yo creo que muchas veces la autoestima está tan baja que un insulto más da lo mismo o sentimos que si nos rebelamos esta pareja va a tomar sus cosas y se va a mandar a cambiar. Entonces, el terror a estar solas y la dependencia emocional nos hace caer en estos vicios.
Tengo varios testimonios de amigas y de gente que comenta en este blog. De hecho, en el post “50 razones para dejar a un hombre“, muchas personas han contado sus experiencias y problemas de pareja, donde abundan malos tratos que son aceptados “por amor”. Una amiga muy querida que se separó hace poco de su marido me habló también de las humillaciones que constantemente debía soportar de boca del susudicho: estás gorda, nadie te quiere, no eres buena en la cama, no sirves para nada… Obviamente la autoestima de ella fue cayendo a un nivel cero hasta que por sanidad mental decidió cortar la relación.
El tema está en darse cuenta de que este maltrato psicológico y verbal es tan dañino como una cachetada o un golpe de puño. Tal vez voy a ser muy fundamentalista pero según yo no hay que soportar ni un “tonta” o un “eres una loca de mierda”, porque a alguien que se ama no se le dice eso ni se merece tanta falta de respeto. Ojalá que aprendamos a querernos más a nosotras mismas y que no nos obnubile el amor para que cuando pase podamos de inmediato hacerle ver a la pareja que no está actuando en forma correcta, porque definitivamente, ya no están los tiempos para ser mártires.
¿Y cuándo la guaguita?
Acabo de cumplir 31 y soy la única en mi familia, integrada básicamente por
mujeres, que aún no tiene hijos. Hasta mi hermana menor con 24 años ya tiene a su retoño. El problema es que, como imaginarán, el tema de conversación es cuándo Sabina va a tener descendencia e incorporar un miembro más a la prole. Y eso es ahora porque hasta hace poco tiempo me preguntaban que cuándo me casaba. Bueno, igual me preguntan pero no tanto.
Mi prima Jo que tiene la misma edad mía y que hace tiempo está casada y con una niña de 2 años, me quiere meter hasta por osmosis el instinto maternal: paseando por el mall me lleva a las tiendas de niños para decirme que preciosa es la ropa rosada de guagua o mira que son tiernos esos zapatitos de niño. Mis tías me molestan diciéndome sutilmente que no es bueno ser mamá tan mayor, pero se los perdono porque ellas vienen de otra época donde a los 30 ya tenían tres y hasta cuatro hijos. De hecho, mi mamá me tuvo a mí apenas a los 20 años. Yo a esa edad recién estaba en el segundo año de la universidad y le tenía pánico a quedar embarazada.
Pero la situación que en realidad colmó mi paciencia fue que el fin de semana estábamos celebrando mi cumpleaños en mi casa, habían cuatro chiquillos de entre 2 y 5 años (entre sobrino e hijos de mis primas) que jugaban y gritaban como barracos alrededor nuestro y mi santa madre, quien “siempre” me apoya en mis decisiones y me comprende, hizo la declaración del año: que ojalá el próximo año haya otro niño más jugando con los primos. Yiaaaa, ¿quieres que el Jon (mi hermano del medio) tenga un hijo?, le dije. No, me refiero al tuyo, contestó. Chan! Y todo el mundo se confabuló en mi contra para pedirme al primogénito.
Les puedo contar que traté de salir del entuerto con la gran frase de una amiga: ahora no, ¡sale muy caro el kilo de crío!… Risas y seguí con la respuesta de siempre, que no es el momento, que en unos años más, que etcétera, etcétera. O sea, no podía empezar a darles una charla de toda mi filosofía de vida acerca de los hijos y de, por ahora, mi cero instinto maternal. Pero eso lo expondré en un próximo post para que todos me odien y me acusen de que soy la mujer más egoísta en la tierra que prefiere ahorrar dinero para satisfacer su propio hedonismo que gastar la cuarta parte del sueldo en pañales mensuales.
Igual una prima buena onda me apoyó. Claro, su vida no es nada fácil considerando que recién está sacando su carrera, además trabaja para mantener a su hija y el padre de la niña si te he visto no me acuerdo. Yo en realidad prefiero que las personas ni se metan, ni a favor ni en contra de lo que pienso, o sea, son decisiones personales y es cosa de uno que quiera tener guagua a los 35, 40 o no tener nunca si es que no se da el momento adecuado. Menos mal que mi chico está casi en la misma mía, digo casi porque a veces le pica el bicho de tener una guagua. Pero o espera o se busca a otra candidata. He dicho.
Una mordida, por favor
Siempre me han gustado los vampiros y toda la estela gótica que se teje a su alrededor.
Cuando más chica veía “Buffy, la cazavampiros” y me gustó altiro Spike, al malo de la serie y que en la sexta temporada tuvieron su corto pero hot intenso romance con la cazadora. Y es que ese es el tema, pese a su sangre fría y a lo blanquecino de su piel, los vampiros encajan perfectamente en las fantasías sexuales de algunas mujeres, por ese aire misterioso que los sigue a todas partes y, sobre todo, por el sex-appeal que proyectan en cada una de sus mordidas.
Y no me digan que no es así, porque basta ver sólo un capítulo de la serie “True Blood” que ahora va en su segunda temporada por HBO, para que nos demos cuenta que explotaron justamente el lado sexy de los vampiros. Basta ver la relación que tiene el vampiro Bill Compton (Stephen Moyer), con Sookie Stackhouse (Anna Paquin), donde en la primera temporada apreciamos los atributos amatorios del protagonista. Y ahora, quien se roba la serie es definitivamente el vampiro Eric Northman (el exquisito sueco Alexander Skarsgård que ilustra el post) y que va a formar el triángulo con los protagonistas.
Y la lista de vampiros ricos en el cine y tv es larga. Las más niñitas y no tanto se desviven por la palidez de Edward (Robert Pattinson) en la película “Crespúsculo” y otras aún recuerdan a Lestat (Tom Cruise) y a Louis (Brad Pitt) de “Entrevista con el vampiro”, o a los chiquillos de “Generación Perdida” y hasta los Drácula encarnados por Bela Lugosi y Christopher Lee tenían su qué.
A mi juicio el éxito de los vampiros radica en que a todos nos intriga o nos atrae eso que sucede al calor de la noche -aunque también nos de miedo- con estos seres inmortales, oscuros, sin frenos morales y que tienen el poder de dominar e hipnotizar a las personas a su antojo pero que a la vez buscan ser aceptados y queridos como chicos malos: una especie de antihéroes románticos. Y lo mejor de todo, es que son absolutamente eróticos, es decir, a diferencia de otros personajes del cine y la literatura, sí tienen sexo y lo gozan.
De ahí entonces que las mordidas en el cuello y la sangre corriendo por los cuerpos desnudos adquiera una tónica tan sensual, escenas que han sido expuestas en forma fiel por el cine y la televisión y que han hecho que pensemos que a merced de un vampiro difícilmente podamos negarnos a ser mordidas por ellos. ¿Me fui en la volada? Es probable pero insisto, fantasear no cuesta nada e inclusive podría ser un buen juego amoroso con la pareja; o acaso no han pensado en decirles ¿por qué hoy no jugamos a los vampiros? Mmm, yo quiero.
Y a tí, ¿te gusta jugar a las mordidas?
Dónde están los hombres
Hace poco, en el cumpleaños de mi prima, una amiga de ella nos contab
a los pormenores de una relación amorosa que la tenía al borde del psiquiátrico. Llevaba cerca de 11 años con el hombre; se habían conocido en el colegio y en todos esos años había pasado de todo: decepción, infidelidades, rompimientos miles, vueltas una y otra vez. Ella tenía la certeza que ese hombre no era para ella y que la estaba cagando con no terminar de una vez y buscarse a otro especímen porque acá todo hacía suponer que era mejor un diablo por conocer que uno conocido.
La cuestión es que ella, de apenas 29 años, decía que, por un lado, se sentía vieja para buscarse a otro chico y empezar todo de cero y, por otro, que no sabía dónde se habían metido todos los hombres solteros de esta edad, si es que quedaban. Porque a los 30 años o están casados o comprometidos o divorciados -pero con la mente en las niñitas de 20- o, en caso de que queden solteros, algo malo tienen que tener.
La verdad es que a mí no me parece tan apocalíptico el asunto o debe ser que hace tiempo me alejé de las pistas tras haber encontrado a un chico que me hace feliz (por ahora). De igual forma creo firmemente en que “a nadie la falta Dios” y que en algún lugar de este mundo debe haber un alguien para quien lo necesita. Pero para verificar en terreno este tema el sábado salimos con una amiga que está soltera y buscando. Ella quiso ver cómo estaba el panorama en el ambiente bohemio de la capital y aunque nunca he sido muy de la idea de que se pueden encontrar chicos en una noche de juerga (en rigor sí se puede, pero para qué, ese es otro asunto) igual la acompañé para saber qué se tejía.
Y aunque la experiencia no estuvo mal, pues por lo menos comprobamos que teníamos bastante arrastre entre los chicos, el problema fue que la mayoría de ellos eran sub 25 y con una sola cosa en mente, algo que obviamente a mí no me interesaba en lo más mínimo y creo que a mi amiga tampoco porque para pasarlo bien un rato y después si te he visto no me acuerdo, de eso ya había tenido bastante. Y bueno, los que podrían tener nuestra edad andaban con sus parejas o eran declaradamente gays.
En fin, eso corroboró mi teoría que es mala idea buscar hombres en bares o discotheques, que lo único que hacen es “jotear” y tratar de llevarte a la cama. Obviamente que si una también anda buscando sexo casual es muy válido. Pero ¿qué pasa con las chicas que o deben conformarse con su “peor es nada” que la trata como las pelotas y siguen con él por el temor a no encontrar otro amor, o aquellas que ya están solas y quieren de verdad encontrar a un hombre bueno que las quiera? ¿Será que a los 30 ya no quedan hombres solteros, sin miedo al compromiso, sin traumas ni rollos mentales, medianamente guapos y con una clara definición sexual? Y si aún quedan, ¿dónde están? Si los ven, avisen.
La fantasma de la ex
No es que quiera promocionar la película que estrenaron en los cines a mediados de mayo, esa protagonizada por el musculoso pero sin gusto a nada Matthew McConaughey y la espía de Alias, Jennifer Garner. No, sólo que encontré demasiado pertinente el título con mi idea del post. Y es que resulta que a mi chico lo están rondando perras fantasmas del pasado, o sea, una ex novia. Y todo gracias a ese engendro de la tecnología que ha atrapado a la mayoría de las personas: el facebook.
Claro, era obvio que entre tanto reencuentro con ex compañeros de colegio, ex amigos de infancia, familiares lejanos, etc., iban a aparecer esos nombres que en algún momento de la vida fueron parte del corazoncito y la mente de uno. Y confieso que hasta yo tengo por ahí a ese alguien de contacto y que de vez en cuando la curiosidad hace click por mí y me entrego a interiorizarme sobre su estado físico (está más pelado y guatón) y mental (igual se le ve feliz con su señora y sus mascotas, así que bien por él).
Pero bueno, el asunto es que yo pienso que es muy distinto tener de contacto en tu facebook a alguien con quien tuviste un romance que pasó sin pena ni gloria a que una ex novia, con la que estuviste comprometido para casarte aparezca, te agregue como amigo y te mande mensajes privados. “Yaaaaa”… Le respondí incrédula a mi transparente chico cuando me contó. “¿Y se puede saber qué quiere esta señorita?”… “Na´poh, saludarme no más”, me dijo él queriendo cambiar de tema.
Y sentí que con ese sólo hecho me estaban invadiendo el territorio pero tampoco supe qué decirle. O sea, confío en él y tal vez me da lo mismo que tenga a una ex en la red social sobre todo si han pasado una pila de años o tal vez debería haber armado la casa de yegua cuando vi que mi chico y “ella” eran amigos. No sé. No contaba que iba a querer tener un contacto cercano (el mensaje) que podría ser el primer paso a… sí tanto tiempo que ha pasado, qué es de tu vida, y por qué no nos juntamos?, ah, sí, hay un café en la esquina de blablabla. Ya, ok, sé que son puros rollos pero pucha que cuesta enfrentar a un fantasma ex que quiere materializarse en la vida de tu chico. Además, es heavy también que tu hombre haya sido de relaciones largas, importantes y bien comprometidas, lo que por un lado habla bien de él pero por otro quiere decir que hay por lo menos dos seres relevantes en el pasado del chico. No como una, que nunca antes tuvo un amor que le durara más de un año. God, ¿será que llegó la hora de llamar a Ghostbuster?.
El Club de los 30
Es imposible detener el tiempo aunque muchos lo quisieran. Inexorablemente llegamos a esa temida década que empieza con el número 3 y sigue sumando números hasta completar 10 años y comenzar otro drama. En lo personal la crisis me vino el año antepasado cuando cumplí los 29 –los últimos “veintisiempre”-, momento en el cual me llené de cuestionamientos existenciales acerca de mi vida pasada, presente y futura. Pero cuando soplé las 30 velas no me dio nada, estaba sumergida en la inercia absoluta de ese año en donde ya todos mis amigos habían entrado al Club y una más no cambiaba la historia.
Para mi cumple, en el facebook bullían los mensajes de algunos fanáticos que decían que la treintena “¡era la mejor década de la vida!” y que me iban a pasar importantes cosas y que bla, bla, bla. Y también aquellas advertencias pesimistas o realistas como decían, que enfatizaban en que con la llegada del 3 y el 0 me iban a venir todos los achaques de vieja.
Aún estoy esperando lo uno y lo otro aunque parece que va ganando lo segundo. De partida, una visita al médico determinó que estoy con el colesterol alterado y de un día para otro me vi con un arsenal de pastillas, omega 3 y con una dieta de pescado tres veces por semana para aumentar el colesterol bueno y bajar los triglicéridos. Claro, también tengo que bajar de peso y hacer ejercicio, lo que me ha costado una enormidad porque, adivinen: después de los 30 el metabolismo cambia y se enlentece. La grasa se localiza más en algunas zonas –la parte abdominal suele ser una de ellas- y no es fácil eliminarla. O sea, por más que hagas abdominales ahí quedan los porfiados “rollitos”.
Eso sin contar que hay que cambiar la crema de la cara que usábamos antes por una antiarrugas porque ya a esta edad se empiezan a notar las líneas de expresión y las patitas de gallo. Además es eso, se debe invertir en la crema de contorno de ojos con efecto aclarador para las ojeras, la loción nocturna y hasta una especial para el cuello.
Y eso no es todo amigos, porque todas las mujeres ahora debemos lidiar con la maldita celulitis. ¿Por qué? Porque sólo nosotras tenemos esa increíble capacidad de retener líquidos, grasa y toxinas que provocan la piel de naranja. Y ahí uno dele invirtiendo la plata que no tiene para comprar cremas anticelulíticas y reafirmantes o pagarle a alguien que haga esos milagrosos masajes reductores para poder lucir medianamente digna en el verano con el traje de baño o en el momento del amor.
Ahora, en lo psicológico se incluyen grandes cuestionamientos de la vida, pensar que va pasando el tiempo y que los proyectos que tenías a los 20 no se han concretado y que el tiempo también avanza para tomar otras decisiones importantes como si quiero o no tener hijos, casarme y tener una casa con un perro. Pero eso da para otro post.
En fin, como que me deprimí escribiendo esto pero todavía me queda la parte de “la mejor década de la vida”. Ojalá que lo descrito anteriormente no opaque aquellas importantes cosas que van a suceder (estoy expectante) y que mi llegada al “Club de los 30” sea lo menos traumática posible.
Y ustedes ¿ya llegaron a los 30?, ¿qué es lo mejor de esta década?
En la noche todos los gatos son negros
Las vacaciones definitivamente dan para todo. Nuevos amigos, bellos destinos, su buen bronceado, amores de verano y una que otra anécdota que queda grabada con fuego en nuestros recuerdos. Y eso me lleva en forma automática a lo que una amiga me contó hace varios años atrás y que quedó como una de las anécdotas clásicas a la que echamos mano cuando queremos morirnos de la risa. Y es que a nadie le puede pasar eso, o sea, pasa, eso es lo peor y en esos momentos ¿a quién le podemos echar la culpa?. Muchos dirán al alcohol, al viento fresco del destino vacacional o a la desinhibida exposición de los cuerpos bronceados y con poca ropa. Pero nuestra teoría es que la responsable es la noche, porque ¡EN LA NOCHE TODOS LOS GATOS SON NEGROS!.
Me explico. Cuenta la leyenda que esta chica que nombraremos con la inicial M fue con sus primos y amigos a la cordillera de un lugar de la zona central. Entre guitarreos varios, bidones con ese vino tóxico al estilo ponche que alguna vez estuvo de moda, pitos varios que iban pasando de mano en mano, cigarros más convencionales por doquier y el puente, ese donde se juntaban todos los jóvenes en la noche después de los chapuzones en el río, mi amiga M detectó a un hombre de edad indefinida que se acercó al grupo a canturrear.
Por esos juegos del destino, porque pucha que es lúdico a veces este destino, el hombre citado se sentó junto a M y compartieron sus babas de la garrafa plástica, los pitos chupeteados y entre miraditas a las estrellas y cantos varios comenzaron un jugueteo-sobajeo que fue “in crescendo” en las letras X. El hombre le regaló un anillo que había encontrado durante la tarde y se lo puso en el dedo en señal de amor a primera vista y la invitó galantemente a su carpa que estaba instalada cerca. M sin pensarlo se incorporó tambaleante producto, seguramente, del efecto del alcohol y la marihuana y se fue con el chico. Pasó lo que tenía que pasar, revolvieron los sacos de dormir, las mochilas y los demás enseres de los habitantes de esa minúscula carpa.
Y al otro día, la cabeza de M estaba mucho más revuelta que su pelo y su ropa, que no estaba en su cuerpo, obviamente. Un brazo con sendos tatuajes rodeaba su cintura y algo ajeno a su dedo sobresalía de él: una bisutería barata en alpaca con una piedra azul. “¡¿Qué mierd…?!” Alcanzó a mencionar mi amiga mientras el hombre tatuado la callaba con un feroz beso en la boca al instante que la saludaba: “¡¡Guenos días, mi lleina!!”… Plop!
“Perdón, pero ¿¿mi lleina??”. Le preguntamos a M cuando nos contó avergonzada de su affaire veraniego. Y sí, tal cual. El hombre era del tipo flaite, chulo o roto, si se entiende, que no sabía hablar ni menos modular bien (o sea, decía “huinsha de la schala”, “entre sosho y sosho y media”, “te oi a hacerte chupete”… y claro, “guenos días mi lleina”). Y no sólo eso, era un chiquillo, un púber, o sea, ¡tenía como 17 años!, mientras que M se empinaba por los 28. “Pero, ¿cómo no le viste la cara de cabro chico que tenía y de paso su condición de flaite?”, le preguntamos espantadas a riesgo de sonar discriminadoras sociales. Y bueno, mi amiga no pudo más que justificarse: “Pucha amigas, es que ¿no saben acaso que en la noche todos los gatos son negros?”…
Así que moraleja: considerando que es verdad que la noche (y peor si la combinamos con alcohol y alucinógenos) tiende a confundir a las féminas haciéndonos cometer cualquier acto que a la mañana siguiente miramos arrepentidas, les pido que tengan cuidado, que no se dejen engañar por cualquier gato porque quien duerme con ellos amanece arañada. Si no lo creen, pregúntenle a M.
Una señorita no tiene memoria
Todavía existen hombres que por puro machismo se obsesionan con el pasado sexual y amoroso de sus parejas, queriendo saber con cuántos chicos antes que él uno ha estado. Cuando estás en esa situación: ¿le dices la verdad?, ¿omites unos cuántos números?, ¿o simplemente le mientes diciéndole que prácticamente eras virgen cuando él te encontró?.
De partida, yo encuentro una patudez que tu chico actual ande con esos cuestionamientos porque ¿acaso uno anda preguntando con lujo de detalles los romances que él ha tenido?. Ok, sé que algunas lo hacen pero considero que si él arguye que “un caballero no tiene memoria” –un recurso amnésico del que se han apropiado por años- para andar pelando o recordando a sus ex parejas, nosotros queremos medirnos con la misma vara y proclamar a los cuatro vientos que “una señorita tampoco tiene memoria”.
Y es lógico, considerando que actualmente las mujeres no salimos de la casa de los padres a la casa del marido sin haber conocido nada más de mundo ni de varones sino todo lo contrario, es decir, estudiamos, somos profesionales, independientes económicamente y, lo mejor, que podemos nutrir nuestras existencias con experiencias amatorias varias. Y algo que, por supuesto, está fuera de nuestro arrepentimiento.
Si bien en la pareja no deberían surgir las preguntas sobre amores anteriores, cuando por algún motivo lo hacen, sí es importante no mentir y dejar en claro que tienes historias pasadas y que tal vez todos los errores o vivencias acumuladas ahora te ayudan a establecer una relación más sólida y más experimentada. O sea, que no eres una “virgen” o el típico “tú has sido el primero en todo…”. No. Pero tampoco se trata de contar que has andado con todos los chicos del barrio, de la universidad, del gimnasio y las cualidades en la cama de los mismos. Nuevamente no. Una señorita no tiene memoria, ¡por favor!. Por lo mismo, se exige prudencia y discreción sobre las cosas que vas a contar de tus amores pasados y si en la omisión (que no es lo mismo que mentir) está la clave para esa inoportuna pregunta del chico, sobre todo cuando la cifra podría superar los dedos de las manos, es totalmente válido optar por ella.
El Hombre
Después de ver varias películas de Walt Disney de las que disfrutaba cuando era pequeña, como La Sirenita o La Bella Durmiente, algo no nostálgico hizo clic en mí, algo parecido a la rabia mezclada con clarividencia: Maldito Mr. Disney que nos aturdió psicológicamente a todas las mujeres con la idea del príncipe azul, ese hombre de nuestras vidas que llegaría en un corcel blanco a darnos el beso que sellaría nuestra felicidad…
Sin hacer un estudio sociológico del asunto, podría declarar que la pomada de los cuentos de hadas han calado tan hondo en nuestra idiosincrasia femenina que ahora, hasta las más duras e independientes, seguimos, inconcientemente y aunque lo nieguen, buscando este prototipo de hombre: EL Hombre, El Hombre Ideal, El Hombre Perfecto, aquel que no sólo nos venga a rescatar de nuestro incierto y a veces nefasto destino sino que también nos de la esperanza del happy end eterno, forever and ever.
¿Y por qué tanto desencanto waltdisneyniano?, se preguntarán ustedes. Ok, sé que no estoy descubriendo la pólvora y que muchas ya han desmitificado al príncipe azul diciendo que no existe y que son sólo fantasías pero como estoy ad portas de los 30, soy una mujer soltera con licencia para replantearme ciertas cosas de la vida y, por supuesto, que el tema sentimental también está dentro de la lista.
Y es que después de un largo recorrido en mi vida de romances variopintos, casi 15 años ya, me cuestiono cuán cerca o cuán lejos he estado de ese Hombre. Y si acaso todos aquellos que han tenido un lugar en el cuore no han sido más que simples sapos anulando, con sus defectos y pocas virtudes, todo su potencial principesco. O siendo una mujer autocrítica, ¿no seré yo, la bruja malvada, que no los he reconocido y he puesto demasiadas expectativas en las relaciones dejando pasar a hombres valiosos si bien no tan perfectos?
Hace poco cumplí dos años junto a un chico y con él pasamos por períodos bastante aleatorios. Un tiempo bien tranquilo, sin nada de peleas y otros en los que con cualquier cosa, por mínima que sea, queda la grande. La verdad es que en esta época de cuestionamientos también me he preguntado si es que él es realmente ese Hombre para proyectarme y vivir felices por siempre, tal como en los cuentos. O si tal vez hay otro por ahí que se acople mucho más a mi forma de ser y me está buscando… No lo sé.
Por otro lado, me da una LATA (así con mayúsculas) ponerme a buscar a otros candidatos para mí y, por lo mismo, estar con mi chico se ha convertido en una gran comodidad, pasando por alto esos momentos malos. Pero también puede que esta sea una relación normal y yo, en una mala costumbre que a los 30 debería estar erradicando, ando subiendo las expectativas del romance por las puras. Tal vez, este chico sea mi Hombre, tan normal, tan poco perfecto pero con tantos matices, o sea, a veces tan príncipe y a veces tan sapo. ¿Serán todos así?